martes, agosto 16, 2005

Sin prisa, se recostó contra un jacarandá y observó, con interés, las flores lilas que adornaban la copa. Suspiró. Desvió su atención a la alforja que contenía runas sancochadas, ají y aguardiente. El hambre acuciaba.

Las sombras llegaron y sorprendieron al anciano en sus cavilaciones. Llegaron, y con ellas, la certeza de su muerte. Un escalofrío recorrió su cuerpo al mismo tiempo que la tristeza se asentaba en su corazón. Sentado, sobre la arena, tuvo la certeza que su anhelo de componer un hexámetro con las palabras sándalo y ámbar se truncaría.

La penumbra llegó pero sólo para el anciano.

viernes, agosto 05, 2005

Una lágrima rodó por su mejilla marcando un camino húmedo. La inmensa tristeza que la invadía turbaba sus pensamientos. Sentíase muy vulnerable. Se acostó ansiando que el sueño borrara aquella perversidad. “El destino está obsesionado conmigo”, pensó, mientras cerraba los ojos, e imaginaba a su madre, muerta hace pocas horas, acariciando su cabello mientras susurraba: “No llore mi niña. No llore”. Despertó. Fue al baño y se observó en el espejo: ojerosa, pálida y el rostro marcado por la almohada: “Somos marionetas, o quizás, cuentas en el gran ábaco de la vida”.

Y notó la primera huella de la vejez.