viernes, febrero 18, 2005

Este escrito es una versión libre de un cuento de cf leído hace algún tiempo, cuyo nombre y autor no recuerdo, en "Visiones peligrosas".

Extraño a los hombres y mujeres de antaño. Los de hace treinta o cuarenta años. Las de ahora son mi ruina, mi perdición... mi muerte. Sé que no soy joven, bordeo los setenta y, por la expresión de los médicos y la cantidad de agujas y sondas que me rodean y se introducen en mi cuerpo, me queda muy poco de vida. No entiendo las molestias y cuidados que se toman conmigo. Deberían acabar con esto de una buena vez.
Todos somos esclavos de algo. No lo soy, por fortuna de la lascivia, el líbido o el frenesí sexual que pudiese haber en mí. No. De serlo quizás estaría hace mucho, mucho tiempo en la cárcel por haber cometido una serie de violaciones y asesinatos, o quizás muerto por el SIDA. Pero no. Estoy en un hospital, en una sala apartada. Solitario, siendo parte del transcurrir de las horas, del día dando paso a la noche, de la luz retrayéndose ante la oscuridad. Yo y mis pensamientos. Yo y mis recuerdos. A la espera de la muerte.

Mi vida se caracterizó por el éxito alcanzado en los negocios. El dinero no era un motivo de preocupación. Lo era sí, en cambio, como tener más. Eso me permitió solventar los gustos que planteaba mi vida alterna: el placer de la juventud, el disfrutar de los placeres de la carne, sentir la vitalidad y la energía de aquellos jóvenes dentro de mí. Me volví esclavo de esta sensación. Y fui esclavo por años, décadas... hasta hace unos días. Conocí a una joven muy bella: alta, de tez blanca, ojos verdes, cabello rubio, pechos exuberantes, muslos firmes y unos glúteos que, en honor a la verdad, estaban para comérselos. Accedió a cenar y a pasar una velada más íntima en mi casa. El dinero es el mejor medio de seducción que poseo. Llegamos, abrí una botella de champagne, llené un par de vasos y brindamos por el amor y por la intimidad del momento. El sedante hizo efecto y, sin más tardanza, y sin usar métodos violentos, la ultimé. Seguidamente, con prisa pero con la precisión que dan los años de práctica, la trocé y la preparé en una de mis especialidades culinarias. No podía esperar a saborearla... y vaya que lo hice.

Lo demás es historia. Los jóvenes de hoy no tienen respeto por sí mismos y, en especial, ellas. Desperté en horas de la madrugada con fuertes dolores estomacales, sentía un ardor tal que visualicé claramente como las paredes de mi estómago eran perforadas por sustancias tóxicas. Sólo atine a llamar a emergencias y que sea lo que Dios quisiera. Y, al parecer, Dios quiso que aquella rubia voluptuosa fuese una rubia producto de las maravillas de la cirugía y de los implantes, una persona que ingería cada droga y estimulante existentes, una persona con una toxicidad tan grande en su ser que por poco me mata.

Y por ella estoy en el hospital. Y por ello extraño a los jóvenes de hace treinta o cuarenta años. Los de ahora, no saben el valor de un cuerpo sano.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

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4:31 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

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