martes, agosto 16, 2005

Sin prisa, se recostó contra un jacarandá y observó, con interés, las flores lilas que adornaban la copa. Suspiró. Desvió su atención a la alforja que contenía runas sancochadas, ají y aguardiente. El hambre acuciaba.

Las sombras llegaron y sorprendieron al anciano en sus cavilaciones. Llegaron, y con ellas, la certeza de su muerte. Un escalofrío recorrió su cuerpo al mismo tiempo que la tristeza se asentaba en su corazón. Sentado, sobre la arena, tuvo la certeza que su anhelo de componer un hexámetro con las palabras sándalo y ámbar se truncaría.

La penumbra llegó pero sólo para el anciano.

viernes, agosto 05, 2005

Una lágrima rodó por su mejilla marcando un camino húmedo. La inmensa tristeza que la invadía turbaba sus pensamientos. Sentíase muy vulnerable. Se acostó ansiando que el sueño borrara aquella perversidad. “El destino está obsesionado conmigo”, pensó, mientras cerraba los ojos, e imaginaba a su madre, muerta hace pocas horas, acariciando su cabello mientras susurraba: “No llore mi niña. No llore”. Despertó. Fue al baño y se observó en el espejo: ojerosa, pálida y el rostro marcado por la almohada: “Somos marionetas, o quizás, cuentas en el gran ábaco de la vida”.

Y notó la primera huella de la vejez.

lunes, abril 25, 2005

En respuesta a la inicitiava planteada en la lista de interés de blogsperú por Enrique Llanos en relación con el supuesto vídeo promotor del turismo hacia el Perú:

Ignorantes y malintencionados


Importante: Esta iniciativa no va en contra de Chile y los chilenos sino contra una línea aérea que se siente con el derecho de denigrar al Perú y sus atractivos turísticos.

viernes, febrero 18, 2005

Este escrito es una versión libre de un cuento de cf leído hace algún tiempo, cuyo nombre y autor no recuerdo, en "Visiones peligrosas".

Extraño a los hombres y mujeres de antaño. Los de hace treinta o cuarenta años. Las de ahora son mi ruina, mi perdición... mi muerte. Sé que no soy joven, bordeo los setenta y, por la expresión de los médicos y la cantidad de agujas y sondas que me rodean y se introducen en mi cuerpo, me queda muy poco de vida. No entiendo las molestias y cuidados que se toman conmigo. Deberían acabar con esto de una buena vez.
Todos somos esclavos de algo. No lo soy, por fortuna de la lascivia, el líbido o el frenesí sexual que pudiese haber en mí. No. De serlo quizás estaría hace mucho, mucho tiempo en la cárcel por haber cometido una serie de violaciones y asesinatos, o quizás muerto por el SIDA. Pero no. Estoy en un hospital, en una sala apartada. Solitario, siendo parte del transcurrir de las horas, del día dando paso a la noche, de la luz retrayéndose ante la oscuridad. Yo y mis pensamientos. Yo y mis recuerdos. A la espera de la muerte.

Mi vida se caracterizó por el éxito alcanzado en los negocios. El dinero no era un motivo de preocupación. Lo era sí, en cambio, como tener más. Eso me permitió solventar los gustos que planteaba mi vida alterna: el placer de la juventud, el disfrutar de los placeres de la carne, sentir la vitalidad y la energía de aquellos jóvenes dentro de mí. Me volví esclavo de esta sensación. Y fui esclavo por años, décadas... hasta hace unos días. Conocí a una joven muy bella: alta, de tez blanca, ojos verdes, cabello rubio, pechos exuberantes, muslos firmes y unos glúteos que, en honor a la verdad, estaban para comérselos. Accedió a cenar y a pasar una velada más íntima en mi casa. El dinero es el mejor medio de seducción que poseo. Llegamos, abrí una botella de champagne, llené un par de vasos y brindamos por el amor y por la intimidad del momento. El sedante hizo efecto y, sin más tardanza, y sin usar métodos violentos, la ultimé. Seguidamente, con prisa pero con la precisión que dan los años de práctica, la trocé y la preparé en una de mis especialidades culinarias. No podía esperar a saborearla... y vaya que lo hice.

Lo demás es historia. Los jóvenes de hoy no tienen respeto por sí mismos y, en especial, ellas. Desperté en horas de la madrugada con fuertes dolores estomacales, sentía un ardor tal que visualicé claramente como las paredes de mi estómago eran perforadas por sustancias tóxicas. Sólo atine a llamar a emergencias y que sea lo que Dios quisiera. Y, al parecer, Dios quiso que aquella rubia voluptuosa fuese una rubia producto de las maravillas de la cirugía y de los implantes, una persona que ingería cada droga y estimulante existentes, una persona con una toxicidad tan grande en su ser que por poco me mata.

Y por ella estoy en el hospital. Y por ello extraño a los jóvenes de hace treinta o cuarenta años. Los de ahora, no saben el valor de un cuerpo sano.

sábado, febrero 05, 2005

Llegó a Lima con 22 años a cuestas y muchos sueños. Cambió el clima tropical de la selva por el inestable y no muy definible clima limeño. Pero eso no le importaba. Tenía claro lo que quería y cómo conseguirlo. La conocí en una salida a un night club bastante conocido, al norte de Lima. No muy alta, de cabello largo rizado, de labios carnosos; sus senos muy llamativos tanto por su tamaño como por su redondez, al igual que su trasero: la magía de la cirugía. He de reconocer que no "combinaba" con el ambiente, era demasiado para la calidad del local. "Andrea" me respondió cuando pregunté por su nombre.

La frecuenté con alguna regularidad, conversábamos de todo un poco. Que tenía como enamorado a un hombre casado -y no le incomodaba su papel de amante, dicho sea de paso- y que recibía algunos maltratos. Pero lo amaba y no pensaba dejarlo. No al menos hasta que consiguiera su visa a Alemania o España. Después de algunos meses regresé y, cosas del destino, era su última noche: a los días viajaba. La visa solicitada para entrar a Alemania le fue negada -como era de esperar- más no así la visa a España que consiguió "gracias a la ayuda de algunos buenos amigos" (sic). "¿Y que piensas hacer en España, si no sabes hacer nada?" le dije. "Llegaré a Barcelona, buscaré algún night club, trabajaré, endulzaré a un huevón y me casaré con él, así conseguiré la residencia española. Me divorciaré y entonces podré hacer mi vida".

Ahora que pienso en ella me preguntó que tal le irá después de estos ocho meses. ¿Habrá tenido alguna otra alternativa en su vida? ¿Le habrá ido en Barcelona como ella lo tenía planificado? Preguntas con respuestas que no están a mi alcance. Pero una cosa sí es segura: ella tiene claro lo quiere... y el cómo conseguirlo.

viernes, febrero 04, 2005

Era bastante pequeño cuando los mormones llegaron a mi barrio. Pocos se dieron cuenta de su llegada y yo no lo supe hasta que estaba asistiendo a las reuniones dominicales muy temprano en la mañana. Mis padres , mis hermanos y yo mismo éramos católicos pero debió ocurrir algún tipo de milagro porque de una semana para otra –y como quien no quiere la cosa- mis padres ya eran “oficialmente” –con zambullidita de por medio- mormones. Mis recuerdos son bastantes difusos, con algún que otro retazo nítido, como grabados a fuego en mi mente.

Éramos una familia a la que uno podría llamar “pobres pero honrados”. Mi padre cumplía, con gran esfuerzo y menos comida en la casa, con los diezmos que imponía la práctica de esta religión. Ojalá lo tuviera por aquí, vivito y coleando, a J. Smith –claro, previa ceremonia de resurección- para cantarle un par de verdades y obsequiarle otro par de caricias.

Previa a las reuniones dominicales, nosotros –todo la familia- realizábamos la limpieza del local. Eso significaba para mí una hora menos de sueño. ¡Carajo, dábamos diezmo de dinero y también de sueño! ¡Por la puta madre! Eso sí, para mis padres eso era un pequeño sacrificio por la tranquilidad espiritual y la paz familiar... y por ganarse un pedacito de cielo. Cielo mormón, claro. Me pregunto si el cielo estará lotizado por religiones: ¿Mormones? ¿Ve esa nube con el cartelito naranja? Si, llegando ahí, a la derecha, diez nubes. De nada, que su estancia sea agradable.

El tiempo transcurrió. Digamos, dos años. Mi padre logró ascender en la jerarquía mormona –pero claro, no por eso dejamos de limpiar el local- quedándose a un paso de ser elder –no recuerdo exactamente que significaba eso pero era algo importante-... hasta que dijimos basta. Y es que sólo conté lo que hacíamos pero no lo que nos sucedía: no eramos considerados en el círculo de confianza. Eramos, como díria una ama de casa aficionada a las novelas, los parientes pobres. Marginados, maltratados, algunas veces humillados y nunca considerados. Entiendo que la religión mormona per se no era la culpable sino las personas... pero esas personas representaban la esencia de dicha religión. Al menos en teoría. Es decir, como representantes “mormoniles” dejaban mucho que desear.

Pero el tiempo pasa -sí, sigue pasando...-, el mundo da vueltas, da revanchas y muchos reveses. Los que entonces nos miraban “desde arriba” ahora miraban “hacia arriba”. El destino nos sonrió de muchas y muy diversas formas. Y, como por arte de magia, después de muchos años se acordaron de nosotros y lo importantes que eramos en la comunidad mormona. ¡Ja, ja, ja! Dios, dios... ¿Nos tomaban por imbéciles? El tiempo no cura todas las heridas ni las personas perdonamos a quienes nos ofenden...

Sé que no me ganaré el cielo de los mormones... pero aún queda mucho cielo para todos ¿no?.

jueves, febrero 03, 2005

Esta cuarta y última parte puede herir, quizás, algunas susceptibilidades o sensibilidades. Este escrito no tiene mayor razón de ser que el de un ejercicio liberador de demonios internos.


(Parte IV)

El primer golpe la dejó inconsciente. Debió ser bastante fuerte pues mi mano quedó algo resentida por el impacto. Un fino y espeso hilo de sangre y saliva caía por la comisura de sus labios. Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda a la vez que un espasmo breve, fugaz y placentero sacudió mi cerebro. Y entonces fuí otro, similar a un tiburón ante el olor de la sangre. Recuperó el conocimiento y sin darle tiempo a nada la levanté y descargué otro golpe, esta vez sobre su estómago. Se dobló y cayó de rodillas, con la boca abierta tratando de conseguir algo de aire. Se dibujó en su rostro un rictus de dolor mientras las lágrimas comenzaban a recorrer sus mejillas. Esperé un momento hasta que se recuperara y murmulló algo así como "¿Por qué?". Por toda respuesta recibió un puntapie en el pecho, la levanté sujetándola por la nuca y la estrellé contra la pared con fuerza descontrolada: una, dos, tres, cuatro, cinco veces... y la dejé caer... inerte.

Hay preguntas que no deben hacerse y otras que no tienen respuesta.

Al contemplar su rostro... pero que estoy diciendo, ¿de qué rostro hablo? Este estaba oculto sobre una capa de sangre a medio secar, teniendo como efecto que perdiese para mí toda identidad, cualquier rastro que me pudiese ligar a ella (se me hace muy difícil llamarla “mi esposa”, al fin y al cabo ya no lo era más). Ya no sentía fluir la adrenalina y el frenesí cedió su lugar a la tranquilidad, a la serenidad y la observancia de lo hecho hasta ese momento... y es peor para la víctima un asesino frío y sin emociones –o al menos, emociones visibles- que uno alterado, sin control sobre sí mismo.

Pero eso no tendré oportunidad de saberlo... o quizás sí, en esa selva -y escuela al mismo tiempo- que es la cárcel.